La modernidad de los mandamientos del Sinaí y del Evangelio son de tal envergadura que aún no hemos llegado a su comprensión plena.

Mete la espada en la vaina

El aborto es la usurpación de un derecho. Nada menos que el de la vida. Cuando alguien dijo eso en una reunión de altísimo nivel intelectual, estuvieron a punto expulsarle. ¿Por qué?

-¡Por idiota, claro!

Lo que más le dolió al opinante no fue el adjetivo idiota sino el término “claro”. Implica la profunda torpeza de quien no sabe captar la obviedad.

Pero ocurre que la vida humana es algo más que la detección biológica de unos movimientos físicos y psíquicos. Es un don de Dios. El quinto mandamiento tiene una sencillez escalofriante: “No matarás”.

¿Por qué, entonces, se ha matado legalmente a lo largo de la Historia?

Sin ánimo de sentar cátedra, me atrevo a decir que la modernidad de los mandamientos del Sinaí y del Evangelio son de tal envergadura que aún no hemos llegado a su comprensión plena. Los siglos pasan sobre las civilizaciones y mientras, el mandato del Señor Jesús resuena atemporal, “mete tu espada en la vaina”.

Hemos dedicado nuestra mayor atención y mejores presupuestos a perfeccionar las espadas. Matar ha sido el ejercicio prioritario de los seres humanos. La Historia lo demuestra con una claridad tan incuestionable como aterradora. La cultura es un rio discontinuo. En cada etapa de supuesto esplendor las gentes prescinden de la trascendencia y sustituyen a Dios. Y toma incremento y perfección el “arte de matar”. Estamos en plena decadencia aunque miles de personas crean que tienen una especie de autolicencia de máxima modernidad para practicar el homicidio. Hemos retrocedido. Matamos a los niños. Ya lo hacían los griegos guerreros hace miles de años.

El inolvidable Georghiu, autor de la célebre “Hora 25” escribió “el que mata a un ser humano, mata a toda la humanidad: en el principio, Dios creó razas, especies… Pero un solo hombre, una sola mujer”. O sea, hombres y mujeres son únicos, hechos a semejanza del mismo Dios.