Me asusta observar cómo en nuestro país se produce una descristianización provocada, en gran parte, por ese sector social autodenominado progresista.
En una de las tertulias radiofónicas más celebradas de nuestro país escucho: “lo mejor de la coronación del nuevo rey holandés es que no hubo ningún obispo.” Naturalmente, el comentario carece de importancia. Si lo traigo aquí es porque, curiosamente, ese mismo día, ahora en televisión, oigo otra opinión parecida de un importante intelectual español.
¿Qué hay contra la Iglesia? O, quizá, habría que decir, ¿qué hay contra el cristianismo? A bote pronto, me atrevo considerar que la segunda pregunta es más cercana a la realidad sociológica que la primera.
Me asusta observar cómo en nuestro país se produce una descristianización provocada, en gran parte, por ese sector social autodenominado progresista.
Haría falta una generación desprovista de prejuicios, y con la suficiente limpieza de miras ante la Historia, para valorar la trascendencia del cristianismo en el desarrollo humano.
Por ejemplo; repaso a la izquierda: sería inconcebible, tal como la conocieron nuestros abuelos sin el precedente del cristianismo. incluso como la manejamos ahora, desmedrada y vocinglera, sin el original impacto del Evangelio. Lo curioso es que lo mismo sucede con la derecha, o sea, el liberalismo. La cuna intelectual del liberalismo fue la Ilustración que había aprendido la grandeza del hombre a través del pensamiento evangélico recordado a lo largo de la Edad Media por cien pensadores cristianos.
No sé si, como quieren algunos, vivimos en una época distinta a la que conocieron nuestros padres. Es más, diferente, incluso, a la que hemos vivido nosotros mismos hace solo veinte años. Pero percibo signos agonizantes de un ayer que sobrevive desprovisto de ideas y de ideales.
