El sacerdote y profesor de los centros teológicos diocesanos ofrece el comentario de este domingo

La tentación es una realidad humana y cristiana que aparece con fuerza en el seguimiento de Jesús. En sí misma ni es inmoral ni implica un mal, pero sí una invitación a alguna forma de mal. Se suele disfrazar de muchos modos, a veces bajo apariencia de bien. Los padres del desierto consideraban la tentación como una lucha espiritual necesaria e inevitable en la determinación de buscar la voluntad de Dios amando y sirviendo a los demás.

En este primer domingo de Cuaresma, Mateo relata cómo Jesús, llevado por el Espíritu, va al desierto y allí sufre la tentación. El diablo irrumpe y busca alejar a Jesús de la misión que le ha encomendado su Padre.

Detrás de cada tentación que sufre Jesús hay una verdad que Dios nos quiere comunicar en este camino cuaresmal hacia la Pascua. La primera es una invitación a descubrir y reconocer que la vida depende radicalmente de Dios y de su Palabra. Esto exige dejar nuestra autonomía y autosuficiencia para tomar nuestras decisiones a la luz del Evangelio. La segunda es: confía en la bondad de Dios. No le impongas tus condiciones porque a Dios no se le pone a prueba. Confía y no seas negligente con tu vida. La tercera y última es: descubre que el único poder que salva al mundo es el poder de la cruz, de la humildad y del amor; los caminos fáciles y los atajos nunca acaban bien.

Quizás nos venga bien el consejo del papa Franciso para superar la tentación: no dialogues ni negocies con el diablo; apóyate siempre en la Palabra de Dios.