Fiesta de la Conversión de San Pablo
25 de enero de 2001
1.- En la Eucaristía de esta convivencia del presbiterio diocesano con todos los seminaristas, queremos dar gracias a Dios por el don de la Conversión de San Pablo y por el regalo de la vida y el testimonio sacerdotal del Venerable D. Manuel González y de su próxima beatificación.
2.- Estos dos grandes testigos de la fe y del ministerio presbiteral, nos revelan hoy nuestra identidad y nuestra misión, y son una llamada del Señor a ser fieles a nuestra vocación.
Son una nueva llamada de Dios a vivir el sacerdocio ministerial con gozo y generosidad, según las gracias que el Espíritu Santo da a su Iglesia, para construir la “Vida Apostólica” (apostolica vivendi forma) en el presbiterio diocesano.
3.- El proceso de reflexión y de concienciación sobre la espiritualidad sacerdotal ha llegado a un momento culminante en el siglo XX, gracias a la figura sacerdotal de todas las épocas, a los documentos magisteriales y a los estudios teológicos.
La pregunta que cabe hacerse pensando en un futuro inmediato es ésta: ¿encontramos en nuestro presbiterio los medios necesarios para vivirla?
Porque, si el presbiterio es una “fraternidad sacramental” (PO, 8), “un misterio” o “realidad sobrenatural” (PDV 74, 5), una “familia sacerdotal” (PDV 74), todo ello indica que es el cauce normal, “el lugar privilegiado” para encontrar los medios específicos de santificación y evangelización. (Directorio, 27).
La pregunta que debemos hacernos es ésta: ¿Cómo hacer efectivo este presbiterio, donde el presbítero pueda encontrar los medios necesarios para:
• realizar la caridad pastoral,
• el seguimiento evangélico al estilo de los Apóstoles (consejos evangélicos=radicalismo evangelizar),
• la fraternidad efectiva y afectiva, y la
• disponibilidad misionera
4.- PDV sugiere que el Obispo con su presbiterio elabore un proyecto de vida que abarque todas estas realidades de vida y ministerio sacerdotal. Un proyecto que sea capaz de “sostener de una manera real y eficaz el ministerio y la vida espiritual de los sacerdotes” (PDV, 79 y 3).
Esto supone, esforzarnos en:
a). Ser signo personal y comunitario, transparente y portador de Cristo Sacerdote y Buen Pastor, Siervo y esposo.
o por participar en su ser y consagración,
o por prolongar su misión.
b). Con el gozo sereno de ser sacerdote diocesano con la propia espiritualidad específica.
c). Poner en práctica los medios personales y comunitarios señalados por el Concilio y Posconcilio:
o personales: la oración.
o comunitarios.
+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga
