El sacerdote Francisco Castro, profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis de Málaga y párroco de Santa Inés, ayuda a profundizar en el evangelio del Domingo II de Pascua (Juan 20, 19-31).

Comentario al evangelio del Domingo II de Pascua, 24 de abril
Francisco Castro, sacerdote diocesano

Al recoger el testimonio de los primeros encuentros con Jesús resucitado, el evangelio expresa un propósito audaz: “para que creyendo tengáis vida”; es decir, que el fruto de aquellos encuentros se haga efectivo para quienes lo escuchen en todo tiempo y lugar. Así pues, se trata de un testimonio destinado, a su vez, a generar testigos que hagan visible en su carne la presencia del Resucitado y el dinamismo de su Espíritu. Tal es la audacia del Evangelio y también su fuerza, manifiesta a lo largo de los siglos.

Pero esto solo puede ocurrir si el encuentro con Jesús es hoy para nosotros una posibilidad real. Esta posibilidad se confía a la fragilidad de un mensaje y de unos mensajeros, según la desconcertante lógica de la encarnación, el modo de obrar del Dios que vino a habitar entre nosotros.

Los primeros testigos, elegidos por el Señor para acompañarlo y consternados por la Cruz, recibieron de sus labios un anuncio de paz y se llenaron de alegría al verlo. La experiencia del encuentro con Jesús dejó en los discípulos una huella que se convirtió en seña de identidad de la Iglesia naciente: una paz que restaura, la misión de extender esta paz a través del perdón y una alegría que es signo de la vida nueva.

Nosotros, que no hemos visto al Señor, llevamos en toda nuestra vida la señal del mismo encuentro: el estupor ante las mismas llagas, el aliento del mismo Espíritu, la alegría de la misma fe. ¡Somos testigos!