Hace once años ya. Todos los Medios han presentado programas o páginas de recuerdo. Recordar es como volver a vivir, dice el poeta. Hace once años de aquel momento trágico en el que un tren de cercanías saltó por los aires cuando ya estaba a punto de terminar su trayecto. Ciento noventa y ocho personas murieron en una especie de holocausto a la brutalidad sin sentido.
Matar es inhumano; hacerlo en nombre de Dios agrega una carga de ignorancia malsana que crispa la conciencia. Dios es el Señor de la vida.
Aquel once de marzo se cerró el mundo para ciento noventa y ocho personas que llevaban escrito en sus propósitos el programa del día; lo anodino y habitual de la jornada. Los seres humanos adelantamos el futuro al margen de nuestra fragilidad. Vivir es, en todo caso, un proceso imaginativo. No sabemos cuándo se cerrará la agenda. La gran lección de la historia es que ni siquiera el presente nos pertenece del todo.
¿Cuál es ese dios que no se sacia más que con muerte, violencia y venganza? ¿Cuál es ese dios primitivo y cruel que quiere imponer el terror y la sumisión forzada a sus mandamientos? No alcanzo a comprender esta liturgia horrible que impone la sangre como esencia de la misión.
Creo en el Dios Amor que eleva a su criatura hasta la condición de hijo. El Dios que manda amar al prójimos como a ti mismos y dice “quien tenga dos camisas, una no le pertenece, es de su hermano”. O sea, el Dios que transforma el egoísmo en caridad. ¡Creo y amo a ese Dios de la vida y del amor!
Este Occidente materializado, consumista y olvidadizo que recibió el mensaje cristiano en primer lugar, ve horrorizado cómo es el mundo de más allá de sus valores y cree que todo el contexto cultural que vive, lo ha concebido secularmente su maravillosa especulación filosófica o, sencillamente, es el resultado de una superioridad intelectual innata.
Muy pocos se plantean la razón de esa evidente distancia entre una y otra forma de vivir y convivir. Y, sin embargo, solo en la esencia del cristianismo está la respuesta.
