Syriza ha sido un grito, solo eso; el grito –uno más- de los que claman por un reparto equitativo de la riqueza. Ahora toca acomodarse a la realidad que, sin duda, viene marcada por la codicia; o sea, por lo de siempre. Después del tumulto ha llegado la hora de los que cubican las ideas en euros o dólares. Ahí están.

Los últimos años del siglo pasado y éstos quince del veintiuno se han convertido en cementerios de propuestas maravillosas y grandes entusiasmos regeneradores del mundo. Las ideologías más atractivas y efervescentes han muerto bajo la mirada nostálgica de los nietos de quienes las vieron nacer. Queda un páramo amarillento de ideales muertos sobre los que vuelven los gritos de quienes tratan de resucitarlas.

El siglo XX fue un ensayo general para poner en funcionamiento los sistemas político-humanistas que en el ámbito social del XIX no habían sido mas que pura retórica. Se le otorgó al mundo de las ideas potencialidades mesiánicas; la sociedad empezó a moverse por lugares ideales situados a la derecha de no sé qué o a la izquierda de no sé dónde. Simples recuerdos topográficos de la pre Revolución francesa.

Después, aparecieron otros redentores más aulladores e incandescentes que provocaron dos guerras en las que murieron más seres humanos que en todas las anteriores desde la edad de piedra.

No han reparado en que los grandes males de la desigualdad proceden de la codicia que vive y pervive en el corazón del hombre. Y que en cada golpe de timón reaparece inexorablemente. La codicia otra vez. Solo el Señor Jesús – solo Él - puede erradicarla.