No sé como comenzar mi artículo de hoy, estoy sentada delante de mi ordenador y tengo un mar de confusiones en mi cabeza y en mi corazón.

Aterra pensar la maldad que algunas personas, en un momento dado, pueden cometer. Yo vivo desde hace algunos años, en un bonito y tranquilo pueblo, llamado Rincón de la Victoria. Desgraciadamente, estos días es noticia por un horrible crimen cometido sobre la personita de un niño de tan solo tres años.
 
El compañero sentimental de la madre, denunció su desaparición y a partir de ahí, comenzó la búsqueda de la criatura. Este individuo de veintitres años, cada vez daba una versión distinta y sitios distintos de donde se había perdido el niño, burlándose de la policía y de la guardia civil. Actuando con absoluta frialdad y con la consiguiente zozobra, del correr de las horas, cruciales para encontrarlo. Hasta que por fin se decidió a decir donde se encontraba el niño.
 
El cuerpo sin vida de Alejandro, estaba a quince kilómetros, en los montes de Málaga, ahogado en una balsa de agua. Primero, declaró que no lo pudo salvar, pues el no sabe nadar. Posteriormente, que lo dejó que se ahogara porque estaba peleado con la madre.
 
Sé que en nuestro ADN cristiano, por encima de todo esta el perdón. Pero cuando ocurre un hecho tan monstruoso, con una criatura inocente e indefensa, los sentimientos no los puedes controlar.
 
Recordemos el pasaje de de Jesús con los niños cuando dijo "Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños", ¿qué dirá si un pequeño es asesinado? Disfruta ahora de la compañia de Dios pequeño Alejandro, ya que has podido disfrutar de la vida tan corto tiempo.