Como cada domingo, la fila de los que se acercaban a comulgar avanzaba a su ritmo. Pero, de pronto, entre la señora que tenía delante alargándome su mano izquierda y mis brazos, se interpuso la mano de su pequeña ofreciéndome un caramelo. Me agaché, le sonreí, cogí el caramelo y le dije: “¡gracias!”.

 La madre, sorprendida, contempló turbada a su hija. Recibió la sagrada forma y vi cómo se alejaban hacia su sitio. Pasado un tiempo me contaron el desenlace del hecho. Al concluir la Eucaristía, la pequeña dijo a su madre: «No me regañes que le ha gustado. ¿No viste cómo me sonreía y daba las gracias?».   «Sí, lo he visto –respondió la madre-, pero ¿porqué lo has hecho? ¿Acaso no viste que nos estaba dando la comunión a todos?»  «Sí, por eso lo hice, porque él, ¡dando y dando a todos y a él nadie le daba nada!»  El que siempre está dándose a todos es Jesús. ¿Cómo pagaré al Señor todo lo que ha hecho conmigo? No estaría mal pensarlo.