Celebramos aquella caída del universalmente conocido como “Muro de Berlín”. Con su desaparición, hace veinticinco años, quedó clara la impotencia del mundo de más allá de la tapia; patente el fracaso de una terapia social conocida como “Dictadura del proletariado” para crear una sociedad de seres humanos buenos y fraternos interesados en la felicidad general.

Detrás del muro solo había llanto, años de opresión, crímenes ejecutados por “limpiadores” sociales dispuestos a librarnos de los males seculares.

Y el liberalismo quedó solo, único. El liberalismo y sus variantes se convirtieron en doctrina triunfadora, en el definitivo hogar donde triunfa la justicia y la libertad; como todo el mundo sabe, solo los supervivientes tienen razón.

Pero la supuesta razón tampoco ha sido capaz de liberarnos de aquellos males ancestrales, es decir, codicia, egolatría, desamor, soberbia, violencia…. Miles de familias del primer mundo pasan hambre y… más allá, pues, hombre, África está ahí. África, trascurre, sin cánticos ni risas, bajo la demoledora voracidad de colonizadores liberales. Nadie ha pensado en enseñar a sus niños los rudimentos básicos de la cultura. En cambio, sí han comprendido que la mano de obra esclava resulta más beneficiosa que la otra reclamadora y puñetera; también que las materias primas como “el coltan” por ejemplo, son insustituibles para el desarrollo y beneficio de los occidentales. Hablo del “coltan”, porque es la base en la construcción de teléfonos móviles de … ¡Qué más da!

Y en todo ese jaleo, pillan miles de misioneras y se van. ¿Están locos? Pues sí, lo están. No saben bien lo que dice el socialismo ni la “dictadura del proletariado” ni tampoco –hay que ver- el liberalismo. Es que no tienen tiempo porque el Amor de Jesús les ha trastornado. Y recuerdan que el Amor de Dios hizo que el Señor se despojara de su condición y se hiciera siervo hasta la muerte.

Sí, estos misioneros están locos. Oye, no les dan un euro por su trabajo; no saben con exactitud nada de los fundamentos político-sociales proclamados y se van…

Esta época está atiborrada de gritos y fracasos. Pero solo hay una voz que, entre todas, sigue sonando: “sin mí, nada podéis hacer”