Me contó que un amigo le dijo: «¿Todavía te confiesas? Yo dejé de hacerlo, pasó de moda». Mas, cuando llegó la hora de la comunión -añadió- fue a comulgar. Y me preguntó: «¿Le digo algo?». «Creo que sí -respondí-, aunque deberíamos acompañar las palabras con el ejemplo».
Me miró, y proseguí: «Te propongo una doble imagen. Primero, la tuya: si la confesión es un abrazo de perdón y alegría que el Padre nos da, que se note en nosotros esa misericordia, paz y alegría. Y segundo, añádele una parábola o un cuento que le recuerde tus palabras». «¿Por ejemplo?» «Pues, prueba con lo que cuentan del rey de Prusia Federico II el día que visitó la prisión de Espandau. Tuvo la ocurrencia de ir preguntando a los presos por el motivo de su condena y todos decían que había sido un error del juez o del abogado, pero que ellos eran inocentes. Todos, menos uno que afirmó: -Realmente yo me he portado muy mal, no tendría que haber hecho lo que hice. Sí, estoy condenado porque me lo merezco-. El rey quedó admirado ante este preso y sentenció: -No está bien que un hombre tan malo como tú esté en medio de una gente tan buena como esta, podrías estropearlos-. Y mandó que lo pusieran en libertad». Y añadí: «Recuérdale también que la confesión es regalo del Resucitado: “Al que perdonéis los pecados les quedan perdonados”».
