Celebramos la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos en este domingo. Hoy la Iglesia recuerda a todos los que han muerto, y reza por ellos. No rezamos solamente por los difuntos de este año, o los de nuestra parroquia, sino por todas las personas que han fallecido, y las ponemos en las manos misericordiosas de Dios.

La fe en Cristo resucitado nos mueve a orar así. Si Cristo ha resucitado, y ha vencido a la muerte, en su Resurrección hemos sido salvados. Por eso nuestra oración de hoy tiene ese tinte esperanzado, que nos da escuchar las palabras de Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias”. “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí”.

El Señor nos dice claramente que el único camino para llegar a esa vida con mayúsculas es él. Y es que, si nuestra vida no está hecha para la muerte, si Dios quiere que tengamos vida eterna, si en su casa hay sitio suficiente para todos, entonces para el cristiano es importante vivir con una meta muy clara: la resurrección. Porque en la vida hay muchos caminos “en pequeño” para llegar a una felicidad limitada, pero Jesucristo es el Camino. Y ese Camino nos lleva a la verdadera felicidad: la que traspasa los umbrales de la muerte y no tiene fin: la Vida Eterna. Es lo que pedimos hoy para todos nuestros hermanos difuntos: que Dios les dé aquello que esperaron y buscaron durante su vida entre nosotros. Los ponemos en las manos misericordiosas de Dios.

Amén.