Este 31 de julio, día de San Ignacio de Loyola, escribo literalmente la meditación de mi libro de lectura, pues pienso que nos interpela a todos.
«¡Qué poco cuesta ser agradecido y, sin embargo, cuánto se estima la gratitud! Esa propina que dejas sobre la mesita del restaurante, sin decir palabra, sabría mejor si añadieras una sola palabrita, tan fácil de pronunciar: "¡Gracias!" Esos pocos euros que depositas en las manos del que te limpia los zapatos, serían recibidos con mayor alegría si lo acompañaras de una palabra que diera a conocer a ese hombre humillado a tus pies, que su trabajo es dignificador y que por ello le estás agradecido. Esa carta que recibes, esa verdura que compras, esa llamada telefónica que atiendes, ese servicio que te presta un empleado público, esa informacíon que te dan... todo eso y muchas otras cosas, si estuvieran salpicadas de la palabrita "¡gracias!" y de una amable sonrisa, sincera, cálida, nos dejaría llegar hasta el corazón de los demás y los volvería más abiertos, más dispuestos a la ayuda del prójimo, más solícitos. Si cada día dijeras "¡gracias!" a Dios por darte un nuevo día y por hacerte gozar de salud y de tantas otras cosas, la vida de tu espíritu sería más intensa y la vivirías con otra proyección».
Hasta aquí tan cortita y sabrosa lectura. A mí me ha dicho mucho y creo no equivocarme si pienso que todos podemos mejorar en nuestro trato con el prójimo. Y como bien dice la meditación, una palabra tan cortita, cuánta felicidad puede proporcionar a nuestros semejantes.
