Canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII

 

Un articulista escribía el pasado domingo: “Padecemos una ola de Papitis” . No lo creo. Toda “itis” es el resultado de un proceso inflamatorio. El entusiasmo popular de la canonización vaticana ha sido la consecuencia de una llamada a la que muchísima gente ha respondido con una alegría pegadiza difícil de imaginar en esta época marcada por el materialismo y, más aún, la indiferencia como señaló el Papa Francisco. La concentración romana no ha sido enfermiza e inconsciente sino racional, consentida y voluntaria. Es curioso, no hace mucho el mundo intelectual autodenominado “progresista” calificó a la Iglesia como un residuo decimonónico caduco y sin vigencia. La verdad es que no lo parece. Todo lo contrario.

Ha sido elocuente el panorama dominical. Ha presentado una imagen digna de un comentario más serio que el mencionado de la papitis. Dos esferas; violenta una, marcada por la muerte y el odio, Ucrania; otra, con la gente en plena fraternización y en petición de paz al Dios de la paz y la misericordia.

Antiquísima estampa de una humanidad siempre bipolar, en lucha consigo misma, a la búsqueda de un paraíso que no encuentra ni en la técnica, la ciencia o la intimidad del corazón.

Juan XXIII y Juan Pablo II cambiaron el mundo. O, si se quiere, enseñaron a mirar el mundo de manera nueva.

La Tierra de entonces, dividida en dos “bloques” antagónicos, se había convertido en un almacén de municiones preparado para el holocausto final. La Iglesia, situada en una especie de anfiteatro distante se sentía en otra dimensión. Juan XXIII, a ojos vista el menos indicado, abrió las puertas eclesiásticas, dislocó la ruta y, por decirlo de una manera gráfica, se mojó convocando el estupor del Vaticano II.

Juan Pablo II rompió el hielo, propició el diálogo, derribó el muro y enseñó a las partes que la guerra, fría o caliente, siempre es  guerra. Nadie puede hacer eso si Dios no está con él. Ambos han pasado por la vida en constante oración. Ambos cumplieron y se marcharon con Jesús cuando terminaron la tarea encomendada. Lo que queda es ingente, nunca se acabará del todo. Pero ellos hicieron el tramo que les correspondía.