Terminó la Semana Santa 2012 que, según expertos economistas, ha puesto de manifiesto que, aunque con lentitud, salimos de la crisis. Todos los medios de comunicación, con mayor o menor énfasis según tendencia política, insisten en lo mismo.
Evidentemente, eso es muy bueno; el crecimiento económico y, en consecuencia, el del empleo, son motivo de gran alegría. Dejado eso claro, agreguemos que, cada vez con mayor fuerza, se observa el dibujo de una sociedad instalada en la superficie de las cosas sin deseo de examinarlas. Nuestra época suena a oquedad intelectual, a túnel, a voces de niños repetidores de lecciones aprendidas sin comprender, a frases hechas, a rutinillas publicitarias que alguien ha dictado junto al oído… a la velocidad del día a día. Poseemos el petulante envanecimiento de quien ha llegado a la cima de todas las verdades, a un: “…Todo lo sé, del mundo los arcanos ya no son, para mí, los misterios sobrehumanos del vulgo baladí” que hace años anunciaba el poeta Joaquín María Valtrina.
Vivimos en la estrechura de lo inmediato. Sin embargo, cualquiera que ponga oídos, percibe que esta sociedad cansada de impactos y ansiosa de novedades, desea ya penetrar en eternidades. La Semana Santa nació como una especie de pedagogía plástica evangélica para unos pueblos analfabetos o que apenas sabían leer. Hoy, quizá sea más necesario que nunca reactivar el recuerdo de lo que pasó y busca vigencia. Sabemos leer pero tenemos un corazón que se trueca analfabeto para determinadas llamadas esenciales. Somos “indiferentes” como denunciaba el Papa, pero bajo la costra, anhelamos salir de la indiferencia.
La Semana Santa es un grito hacia arriba que intenta abrirse caminos al infinito, más allá de las la rentabilidades y el beneficio. Adiós Semana, adiós. Es posible que, a pesar de todo, muchos que, teniendo oídos para oír, hayan escuchado. Es posible. Es posible que algunos no hayan terminado el ciclo semanasantero no con el Réquiem del viernes-noche, sino con el gozo-lunoso del domingo de Resurrección.
