Explosión nuclear

En otra época de menor riesgo armamentístico, la tercera guerra mundial ya habría comenzado. O sea, si un trozo o bloque del mundo tuviera suficiente capacidad destructora para eliminar al otro, ya nos estaríamos matando.

Ahora bien, eso sí, bajo un mar de banderas e himnos marciales. Me refiero al juego de intereses y fanatismos étnicos que, por estos días, se libra en Ucrania.

Es muy difícil deslindar los motivos que provocan esta semiguerra entre ucarnianos; unos quieren que la patria sea pro-rusa y otros, la prefieren adscrita a la Unión Europa. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón de las preferencias? Pues si se llevara a cabo una encuesta, tanto expertos en análisis internacional como politólogos de prestigio, están de acuerdo en que habría casi tantas respuestas como ciudadanos... Más o menos. Conclusión; intereses de minorías cualificadas y subrepticias, manipulación de masas, simpatías o antipatías viscerales y… vaya usted a saber. Conclusión; los gigantes prefieren una lucha civil controlada y controlable antes que la explosión mundial que nos trasladaría a la Edad Media.

Hace tiempo que, con alto grado de petulancia corporativa, la humanidad se consideró “mayor de edad” por decirlo de alguna manera. Entendimos que el ser humano había alcanzado ya un grado de madurez tal que no le hacía falta Dios. Ese punto de vista invalidaba el mayor acontecimiento de la Historia; la Redención. Si el hombre es capaz de reparar su permanente contradicción interior, Dios no hace falta. Nadie ha definido mejor la sicología humana que San Pablo :”Pobre de mí que aquello que deseo no hago y lo que aborrezco eso hago”. Está en la carta a los romanos.

Este juguete roto que es el hombre, siempre en  contradicción consigo mismo, se mira de siglo en siglo y siente que no acaba de “encontrarse”. Solo el miedo a sus propias producciones –la energía nuclear, por ejemplo- le mantiene en pie.