Es martes santo. Adelantemos la condena de Cristo. Jesús es condenado por declararse rey. Es ridiculizado. Paradójicamente en la burla emerge cruelmente la verdad. Pilato interroga al Nazareno sobre la verdad y el poder. Olvida que no poseemos la verdad, es la verdad la que nos posee a nosotros.
Cuántas veces las posturas de fuerza, los signos de poder de algunos suponen un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del ser humano. Con qué desprecio se trata a quien sufre. Cuántas veces las declaraciones y palabras de quien ostenta autoridad están vacías. No son más que mentiras. O burlas. Una burla a la verdad que en realidad es sometimiento a intereses particulares. Posiciones oscuras y en el mejor de los casos ridículas que son caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio: ponerse al servicio del bien. Convendrá recordar en estos casos que frecuentemente el precio de la injusticia es el sufrimiento en este mundo. Y que Dios no olvida el sufrimiento de su pueblo.
Jesús de Nazaret con su manera de vivir ofrece silenciosa pero contundentemente una manera muy concreta de vivir: no unirse a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Con su postura ante la vida resulta más fácil reconocer su rostro en los humillados y marginados. Cuando el hombre desprecia el sufrimiento se deja arrastrar por la erótica del poder, cuando se muestra indolente se convierte en una caricatura de sí mismo. La soberbia induce a querer emanciparse de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad de amor y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida.
