Homilía de Mons. Jesús Catalá, durante la Eucaristía en el encuentro de formadores de los seminarios del sur de España (Seminario-Málaga)

ENCUENTRO DE FORMADORES DE LOS SEMINARIOS DEL SUR DE ESPAÑA

(Seminario-Málaga, 26 enero 2025)

Lecturas: Neh 8, 2-6.8-10; Sal 18, 8-10.15; 1 Co 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21. (Domingo Ordinario III - C)

1.- Hoy celebramos el “Domingo de la Palabra de Dios”. Al instituir esta jornada hace seis años el papa Francisco pedía que fuera un día solemne, en que se entronizara el texto sagrado y se destacara la proclamación de la Palabra divina.

Proponía, además, que en este día se celebrara la institución del ministerio laical de Lector o de otros ministerios laicales (cf. Carta apostólica “aperuit illas” [30.9.2019], 3). Podríamos acoger esta invitación del Papa en nuestros Seminarios y aprovechar esta celebración para la colación de los ministerios laicales a los seminaristas.

El Señor nos invita, como educadores, a promover la lectura y la meditación de la Palabra de Dios, usando los métodos propios (Lectio divina; conversaciones en el Espíritu, que se practicó en la Asamblea sinodal de 2024). Ciertamente hay que animar a los seminaristas a que la Palabra divina sea fundamental en su formación.

En el contexto del Jubileo 2025 el lema elegido por el Papa está tomado del Salmo 119: He esperado en tu Palabra (v. 74). En su Bula de convocatoria recuerda Francisco que la Palabra de Dios nos ayuda a encontrar las razones de la esperanza (cf. Bula Spes non confundit [9.5.2024], 1).

2.- El ser humano, en los momentos de angustia, de tribulación, de la falta de sentido en su vida, se dirige a Dios y pone toda su esperanza en Él. Es una experiencia muy humana.

Todo el mundo tiene esperanzas en la consecución de sus deseos o de planes de tipo familiar, laboral, cultural, económico, lúdico. Pero lo que se nos ofrece en este Jubileo es “la Esperanza teologal”; la virtud, que, junto a la fe y a la caridad, regaladas en el bautismo, nos ponen en sintonía con Dios; porque el hombre está llamado a compartir la vida divina, por haber sido creado a imagen y semejanza suya (cf. Gn 1, 26).

La esperanza radica en la Persona de Jesucristo, crucificado y resucitado, que nos ofrece la salvación. San Pablo insiste en ello: «Cristo Jesús, esperanza nuestra» (1Tim 1, 1). Se trata de mantener un encuentro personal con Él, que es fiel: «Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa» (Heb 10, 23).

La esperanza cristiana “no defrauda”, porque tenemos la certeza del cumplimiento de la promesa; porque nos es dada por la presencia eficaz del Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5); por eso podemos esperar en su Palabra.

3.- Este Domingo de la Palabra de Dios permite a los cristianos reforzar la invitación de Jesús a escuchar, asimilar, custodiar y proclamar su Palabra, para ofrecer al mundo un testimonio de esperanza, que pueda ayudar a superar las dificultades del tiempo presente. Cada época tiene sus problemas, sus dificultades, sus luchas; y nos ha tocado vivir en una época no fácil, aunque no sea mejor o peor que las anteriores. Pero debemos responder a los retos que tenemos en este momento.

La Palabra de Dios es viva, como dice la carta a Hebreos: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo (…); juzga los deseos e intenciones del corazón» (Heb 4, 12). Esta Palabra es como una espada afilada, que penetra hasta lo más íntimo del ser humano; y es capaz de cortar para sanar. Hay espadas que cortan, para herir y dañar; la espada de la Palabra al cortar, sana y cura.

Las Palabras del Señor son espíritu y vida. Como hemos recitado en el Salmo: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye a los ignorantes» (Sal 18, 8).

4.- Hemos de leer, meditar y empaparnos de la Palabra de Dios, que no se encuentra limitada a un conjunto de libros sagrados, sino que permanece siempre viva; y anima a cada comunidad no solo a anunciar la fe, sino a comunicarla con la convicción de que lleva esperanza a cuantos la escuchan y acogen con corazón sencillo.

Estamos acostumbrados a hablar de la Palabra de Dios escrita; por tanto, referido a un texto. Sin embargo, deberíamos referirnos siempre a una Persona, el Verbo de Dios, porque el Verbo hecho carne es la Palabra que nos habla. Tendríamos que hacer un esfuerzo para ser conscientes de que escuchamos a Jesucristo, el Verbo encarnado.

5.- La Palabra de Dios es fuente de esperanza, si Dios es para nosotros la fuente de la palabra misma. Si escuchamos la Palabra del Cristo, Verbo de Dios, que nos mira con amor, podrá alimentar en nosotros una esperanza inquebrantable, porque está fundada en una presencia que nunca falla.

La Palabra de Dios es una promesa hecha por quien es fiel. Cristo nos promete su presencia siempre: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). La última palabra de Jesús, su última promesa antes de ascender al cielo, es su presencia en cada instante de nuestra vida.

Al igual que el apóstol Pedro, que se fió de la palabra de Jesús para echar las redes (cf. Lc 5, 5), fiémonos también nosotros de la Palabra del Señor, para llevar a cabo lo que él nos pida.

6.- La vinculación de la palabra de Dios con el ser humano radica en el misterio de la encarnación: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).

El ser humano ha sido creado capaz de escuchar la Palabra de Dios y mantener un diálogo y una relación personal con Él.  Si lo hace, su vida se llena de sentido y de amor; si lo rechaza, su vida no tiene sentido, se vuelve inconsistente y superficial y es incapaz de sostenerse.

 Dios nos da su gracia para escuchar y vivir atentos a su Palabra, que nos proporciona libertad y nos permite generar en nosotros una vida nueva, llena de esperanza en Dios, que cumple la promesa de su presencia en nosotros (cf. Dom Mauro-Giuseppe Lepori, OCist, La Palabra de Dios: fuente de esperanza).

7.- Os animo, queridos formadores y seminaristas, a formarnos cada día más en la lectura, estudio, profundización y meditación de la Palabra de Dios, que debe ser su alimento diario durante toda la vida.

Pedimos a la Santísima Virgen María su protección maternal y su intercesión para acoger, como Ella lo hizo, al Verbo de Dios, que ilumina nuestra vida y nos trae la salvación. Amén.