Todos hemos oído hablar de la anorexia. Una enfermedad que se padece mucho en los últimos tiempos y que viene casi siempre asociada al deseo de seguir unos cánones de belleza.

El otro día, alguien bien documentado, me hizo reflexionar sobre lo que él denominó “anorexia espiritual”. Una enfermedad que se está convirtiendo en pandemia. Los seres humanos se preocupan mucho de sus figuras, diversiones, posibilidades económicas, etc. Más del tener que del ser. Más de lo exterior que de lo interior. Pero el Espíritu…

Lo preocupante es que yo también he caído en lo mismo. Y no será porque mi amigo Andrés no me lo dice. He perdido bastante la costumbre de pararme y pensar, de ocuparme de lo que me dice el Espíritu –al cual apenas escucho- y dedicarme al hacer sin tener en cuenta el ser.

La sociedad vive las consecuencias de las actitudes de sus integrantes; los miembros de la misma no le damos el espacio necesario a la reflexión y nos movemos a fuerza de impulsos. Al final, uno vive como piensa; a salto de mata. Así se pierden los valores y se tiende a la irracionalidad.

Es difícil pensar en que tiene futuro una sociedad que descubre un fardo de droga en una playa y lo rapiña a tirones. Uno a uno creo que no lo harían. A un pobre cura francés le degüellan mientras graban la “hazaña. ¡En que mundo vivimos!

Mi esperanza estriba en que de vez en cuando descubro mi propia anorexia espiritual e intento remediarla. Esta sí está en mis manos desterrarla. Lo importante de un camino no es llegar sino recorrerlo. Por eso es importante escuchar a los demás. Son los únicos que pueden diagnosticar tu proceso. Nos cuesta mucho trabajo mirarnos en un espejo. Solo por hoy… voy a intentarlo… y pararme… y pensar.