Capilla complutense

A principios de esta semana pude contemplar como se debatía en una tertulia de la televisión local la idoneidad de la existencia de una capilla en los campus universitarios. El comentario se suscitó a raíz de la “visita” a la de Madrid de una dama –ahora miembro del consistorio madrileño- con unas formas “inadecuadas”.

Los contertulios, como era lógico, afearon el acto. Pero posteriormente, cuestionaron la existencia de dichos espacios de oración dentro de los recintos universitarios, además apelando alguno de ellos al cierre –también- de las capillas en los aeropuertos, espacios de oración que existen en la mayoría de ellos, y que no son católicos, sino abiertos a todas las confesiones. 

Pienso que no molesta a nadie la presencia de un espacio en el que se pueda pararse, pensar, orar o compartir oración. Si no se necesita su uso, basta con no pasar a su interior, como nos puede suceder en la guardería infantil o en el campo de rugby. En mis años de universidad jamás he pisado la consulta de los psicólogos, ni el lugar de ensayos de la tuna. Pero tampoco me molestan.

Es ganas de buscar los tres pies al gato y negar un pequeño espacio a aquellos que creen que existe algo más allá que el día a día y el apuntarse a las variaciones del pensamiento o a la moda intelectual. Desde luego que hay muchos templos en las ciudades a los que acudir. Y muchos bares, restaurantes, bancos, guarderías, papelerías o consultorios, pero se trata de hacer más fácil la vida de nuestros estudiantes y docentes en todos los aspectos. ¡Cosas veredes!