El \"pequeño Nicolás\"

No sé cómo calificarlo. Estupor, indignación, vergüenza ajena, rabia, pena… Estas son las distintas sensaciones que me produce el abrir un periódico, contemplar un telediario o escuchar un noticiario radiofónico. De las tertulias, mejor no hablar.

Mientras, un cachorro de dirigente político con futuro –el famoso Francisco Nicolás, el “pequeño Nicolás”- invade los medios de fotografías en las que se encuentra acompañado de la “creme de la creme” política y es representado por una dama con pedigrí: “La pechotes”. ¿Qué está pasando? Que estamos recogiendo los frutos de una transición mal enfocada. Algunos políticos, demasiados, comenzaron poniendo el corazón y descubrieron, o les hicieron descubrir, que también tienen una cartera que rellenar, unas cuentas y unas tarjetas opacas que abrir, los coches de alta gama y las cigalas tamaño concejal.

Cada día son más precoces los cachorros políticos que sin apenas formación personal, cultural y docente, estudian la carrera de forma “patatera”, aprendiendo todo lo negativo y descuidando lo positivo que, por otra parte, les cuesta mucho trabajo descubrir. Recuerdo el camino que me enseñaron hace muchos años mis padres en la fe. El cristiano debe optar por los valores evangélicos: compartir, igualdad y solidaridad, que te llevan a una vida plena, en contraposición a los valores que nos venden los “gurus” actuales: dinero, poder y prestigio. Estos últimos solo se pueden conseguir pasando por encima de los demás, explotando a los marginados y mintiendo como bellacos. Estamos hablando de la “puerta estrecha” y la “puerta ancha” del Evangelio.

Estas ideas están muy claras. Pero no las trasmitimos a  las generaciones que nos suceden. La vieja copla “tanto tienes, tanto vales” se ha trocado en “para tener y para valer, hay que ser más sinvergüenza que los anteriores”. O salir en pelotas en la tele. O acostarse con… Poco podemos hacer, pero mucho podemos decir y transmitir al que nos quiera escuchar. Al final nos lo agradecerán tanto como se lo agradezco yo a aquél rollo de cursillos que me dieron hace más de cuarenta años. Aquél póster de Jesús me sigue mirando.