Supongo que los que pertenecen a mi generación recordaran con añoranza aquellos viejos jarrillos de lata de nuestra infancia. Sí, aquellos que confeccionaba el latero que venía a poner lañas a los recipientes de barro o restañar las viejas ollas y sartenes de la casa.
Se partía de una lata de leche condensada vacía a la que se quitaba completamente una de las tapas. Con dicho trozo reciclado se confeccionaba un asa que se soldaba con estaño al borde de la lata y, !milagro!, teníamos un jarrillo con el que nos podíamos poner en la cola de la leche en polvo de la escuela y pescar un buen lingotazo lácteo. Después, lo sujetábamos en la correa y adelante. Servía para el colegio, el campo y la playa. Lo mismo para sopa que para leche o para agua. Y económico. Muy económico.
Los abuelos somos el jarrillo de lata de la familia. Durante el curso recogemos niños del colegio, los llevamos al médico, les damos de comer y de merendar, les ayudamos a hacer los deberes y, si nos dejan, los enseñamos a rezar y los llevamos a Misa. En el verano no cambia el trabajo. Lo que cambia es el lugar. Los padres mandan a los niños a campamentos, a excursiones e, indefectiblemente, a casa de los abuelos, al pueblo, al campo o a la playa. Exceptuando el mes de vacaciones, que comparten, los abuelos siguen al cargo de los niños. En las playas, los pertenecientes al “segmento de plata” se transforman en los viejos bañeros de los “Baños del Carmen” en los neo “vigilantes de la playa”, en profesores de apoyo y, durante los atardeceres, en ciclistas del “verano azul”.
Decididamente, somos un JARRILLO DE LATA. Y baratos.
