
Robar a la Iglesia es no vivir las obras de misericordia, huir de las Bienaventuranzas y considerarla un cortijo privado en el que no cabe quien no piense como nosotros
Los medios de comunicación han recogido últimamente la noticia de los robos realizados en la Iglesia Catedral de Málaga. Desgraciadamente este hecho no es ninguna novedad; desde siempre, parece que los cacos tienen una inclinación a apropiarse de los bienes eclesiales, recogidos a través de siglos por la contribución de los feligreses y las donaciones de los que se sienten agradecidos. Ya durante las cruzadas, los “libertadores” de la época dedicaban más tiempo al latrocinio y a la extorsión, que a la liberación de los Santos Lugares. Los templos siguen siendo pasto de la ambición humana y caldo de cultivo de los amigos de lo ajeno, cuya “afición” y, a veces, necesidad, es alimentada por anticuarios poco escrupulosos y “amantes del arte” que quieren convertir sus domicilios en “pequeños vaticanos”.
Además de sentir profundamente lo sucedido, este hecho me ha invitado a profundizar en la reflexión sobre aquellos ladrones de guante blanco que robamos a la Iglesia su legado. Somos los que no transmitimos el mensaje evangélico con limpieza y sin interpretaciones. Los que largamos pesadas cargas a los demás sin intentar llevar la nuestra con dignidad. Los que nos quedamos más en la letra que en el espíritu del Evangelio de Jesucristo.
Robar a la Iglesia es no vivir las obras de misericordia, huir de las Bienaventuranzas y considerarla un cortijo privado en el que no cabe quien no piense como nosotros. Nunca seremos detenidos por ello. Es más, nos sentiremos orgullosos de nuestra actitud. Ni siquiera pensaremos en otra cosa que en nuestra verdad. Seguiremos intentando salvarnos nosotros, sin darnos cuenta que tenemos que salvar el mundo.
De verdad que siento que un pobre hombre haya caído en la tentación de robar, influido por las circunstancias o la necesidad. Se ha equivocado totalmente. Pero hoy quiero reflexionar sobre nosotros, los del segmento de plata, los que por haber vivido mucho pensamos que sabemos lo suficiente y lo hacemos muy bien. Estamos a tiempo de no robar la palabra a las generaciones que nos siguen. La palabra de Dios. La nuestra, ya la defendemos con uñas y dientes. Faltaría más.
Autor: Manuel Montes Cleries
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